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Obesidad


Obesidad
La obesidad se define, estadísticamente, como un sobrepeso superior al diez por ciento en relación con el peso teórico de un individuo. Desde un punto de vista fisiopatológico, o sea, haciendo referencia a los mecanismos de producción de tal situación, la obesidad viene dada por un exceso de energía potencial ingresado en el organismo, que no queda liberado con la cantidad de energía real desarrollada en forma de trabajo. Este exceso de energía ingresada sobre energía realizada puede deberse a un exceso de alimentación, una disminución en el dispendio de energía, o a ambas cosas a la vez.
Es labor del médico decidir cuál es el origen de la obesidad de cada paciente y dictaminar las medidas terapéuticas eficaces en cada caso. Esto es importante porque se sabe que la obesidad viene unida, con mucha frecuencia, a otras enfermedades, como son la diabetes, la hipertensión, la insuficiencia cardiaca, la arteriosclerosis, la gota, la litiasis biliar, etc., de las que puede ser expresión, complicación o factor desencadenante.

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Protegiendo tu cutis


Tras los anteriores comentarios, podemos llegar a las conclusiones siguientes:

Disociado ya el hasta ahora casi preconcebido binomio grasa-nutrición, nos encontramos con que pueden existir varias clases de cremas nutritivas. No olvidemos que bajo esta denominación pueden encuadrarse casi todas las que contribuyen a la perfecta alimentación de los tejidos cutáneos, que precisan una ayuda, digamos “exterior”, porque sus funciones normales adolecen de alguna carencia.
Si una piel es seca por falta de agua, precisará de una crema elaborada con elementos activos que la ayuden a reconstituir el grado óptimo de humedad cutánea. Su denominación, dentro del lenguaje cosmético, será la de crema hidratante. Y a este respecto creemos oportuno recordar su diferencia con la base, cuya función, como ya comentamos, es la de evitar en lo posible la evaporación. La hidratante “de tratamiento” obra en profundidad, restituyendo el líquido perdido. Es evidente, pues, la colaboración de ambas, aunque sus funciones no sean las mismas.
Para un cutis seco por falta de grasa buscaremos una crema formulada con sustancias emolientes, que paliarán la “pereza” de las glándulas sebáceas, y que contenga, además, principios activos que equilibren las grasas celulares, ya que parte de la culpa de la sequedad de la piel es debida a esta deficiencia. Tales cremas son un ejemplo típico de la ¡dea que hasta ahora se ha venido teniendo de la “nutritiva-nutritiva”.

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Desmaquillante


Para que la leche desmaquillante cumpla correctamente su función, debemos aplicarla siguiendo una serie de normas. Verteremos en la palma de la mano izquierda una cantidad prudencial de la misma, lo que si bien los primeros días exigirá un pequeño esfuerzo de cálculo, lo haremos con soltura después de los dos o tres ensayos iniciales. Con las yemas de los dedos índice, corazón y anular de la derecha, la repartiremos a pequeños toques por toda la cara y cuello, evitando que gotee si se trata de una emulsión muy fluida. Seguidamente acompañaremos el producto con movimientos rotativos, ascendentes y en dirección al exterior, a fin de que se mezcle íntimamente con el maquillaje o partículas de impureza que queremos disolver.
No compartimos el criterio, en ocasiones difundido, de que hay que practicar masaje al extender la leche desmaquillante. En primer lugar porque no interesa que ésta penetre íntimamente en los planos profundos del tegumento, en cuyo caso introduciría los residuos que precisamente pretendemos eliminar. Por otra parte, el masaje ha de realizarlo siempre una persona especializada, que conozca las direcciones musculares y cuáles son los movimientos del mismo que pueden convenir a cada caso particular. Si en alguna ocasión observamos que una esteticista emplea en sus manipulaciones de tratamiento un producto limpiador, por considerar que la piel que está tratando ha de ser purificada en profundidad, hemos de comprobar que lo hace siempre partiendo de un desmaquillado previo, de acuerdo con los movimientos ligeros de que hemos hablado.

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ANGIOMA, CAPARROSA y CLOASMA


ANGIOMA

Son unas manchas rojizas o amoratadas, conocidas vulgarmente como “antojos”, tal como veremos en el capítulo Cirugía plástica reparadora y estética.
Existen muchas variantes de estas formaciones, pero generalmente son debidas a la multiplicación anormal de pequeños vasos sanguíneos. Si por su situación o extensión afean ostensiblemente, el dermatólogo o el cirujano plástico pueden, en la mayoría de los casos, librarnos de este defecto. Existen también maquillajes especialmente formulados para cubrirlos totalmente.

CAPARROSA

Ya hemos hablado de ella al describir el cutis sensible. La dilatación de los capilares sanguíneos de la dermis origina la formación de unas manchas rojizas que, de forma difusa, suelen asentarse preferentemente en los pómulos. Si la caparrosa se acentúa puede llegar a invadir todo el rostro. Ordinariamente se recrudece con la edad, en especial cuando la mujer entra en la menopausia. No se trata de un defecto excesivamente preocupante, siempre que la piel se cuide con productos anticongestivos y se supriman las comidas y bebidas excitantes. Sólo en casos muy avanzados es precisa la intervención del doctor.
CLOASMA

Son unas manchas parduscas que suelen aparecer en la cara de las mujeres embarazadas y que generalmente remiten cuando nace el bebé. Si ello no sucede, existen tratamientos muy eficaces que las borran completamente, como por ejemplo élpeeling cosmético, que se realiza en el Instituto de belleza, y que más adelante comentaremos con detalle. Si alguna mujer no embarazada observa en su rostro la misma anomalía, debe consultar con su médico de cabecera. En este caso probablemente se deba a un origen hepático y, normalizando el funcionamiento del hígado, se consigue la desaparición de las manchas.

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EL pH DE LA PIEL


Teniendo en cuenta que este libro no es, ni pretende ser, un tratado de dermatología, más que del pH de la piel, nos interesa hacernos una idea sobre el que existe en el manto emulsionado de la misma. Pero vayamos por partes: ¿qué es en realidad el pH? Regresemos de nuevo a nuestros años escolares y hagamos otro poquito de memoria sobre lo estudiado entonces. Consultando una enciclopedia encontraremos que el símbolo pH es la abreviación de potencial hidrógeno, es decir, el coeficiente que determina el grado de acidez de una solución. Para determinar esta graduación, se ha establecido una escala convencional que va del 0 al 14, y se subdivide de la siguiente forma: los valores comprendidos entre el 0 y el 6 indican acidez, el 7 significa neutralidad, mientras que las cifras integradas entre el 8 y el 14 denotan una reacción alcalina.
La secreción de las glándulas sebáceas es de reacción alcalina, mientras que la de las sudoríparas ecrinas es acida. Teniendo esto en cuenta, y dado que es mayor el número de éstas (las más pequeñas y numerosas de la superficie corporal), llegaremos a la conclusión lógica de que, si ambas segregan al ritmo adecuado, la piel se hallará protegida por un manto ligeramente ácido (manto emulsionado), cuyo pH puede oscilar entre 4,50 y 6, habida cuenta de que existen además factores complementarios —raza, sexo, edad— que condicionan el mismo. Esta acidez obra como defensa antibacteriana. De ahí que las pieles grasas, siempre más alcalinas que las secas (¿deducimos el porqué?), sean las más afectadas por agresiones de tipo infeccioso, que se traducen en los odiados granitos de acné.

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