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Sobrepeso


Localización de la obesidad
Muchas personas se quejan de que su obesidad se manifiesta preferentemente por acumulaciones de grasa en determinados lugares de su cuerpo. Esto ha dado pie a clasificar la obesidad en diversos tipos, especialmente en dos: el tipo “androide” sería aquel en el que la grasa se acumula preferentemente en el tronco (cuello y parte superior del dorso, abdomen), y el tipo “ginoide” aquel en el que la grasa se asienta con preferencia en muslos y caderas, nalgas, etcétera.
En realidad existen numerosos tipos intermedios y la obesidad depende, en gran parte, del tipo constitucional de cada persona. Así, los asténicos que engordan suelen acumular grasa en el abdomen, mientras que los pícnicos la acostumbran a repartir por todo el tronco.
En muchos casos las acumulaciones de grasa en determinados lugares son, como más arriba hemos dicho, acumulaciones de adiposis. En otros casos hay que discriminar si se trata de hinchazón debida a la grasa o bien a otras materias, como agua (caso de las insuficiencias venosas, que dan lugar a la hinchazón de piernas y tobillos) o aire (caso del abdomen distendido por gases, en los tan corrientes meteorismos por aerofagia).
Todas estas circunstancias tienen que ser consideradas por especialistas competentes, a fin de tratar cada caso de manera apropiada.

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Tejido adiposo


Finalmente, el tejido adiposo (ese que tanto debemos vigilar, velando por nuestra esbeltez) es otra variedad del tejido conjuntivo, y sus células, de forma redondeada y provistas de una gota de grasa, se llaman adipoblastos.
Hemos repasado ya los principales tejidos; recordemos ahora que un conjunto de tejidos que tienen la misma misión constituye un órgano, y que un conjunto de órganos agrupados por sus funciones forma un aparato o un sistema.
Asomándonos tímidamente al interior de ese cuerpo que, con sus aparatos en “reposo” acabamos de esquematizar, démosle simbólicamente cuerda, y repasaremos de una manera fugaz los más elementales rudimentos de fisiología de nuestros más o menos lejanos años escolares.
El aparato respiratorio aporta oxígeno al organismo, y elimina anhídrido carbónico. Estos dos movimientos de absorción y eliminación reciben el nombre de inspiración y espiración, y su resultado es la ya comentada transformación de sangre venosa en arterial. Los órganos esenciales de la respiración son los pulmones, la boca, fosas nasales, faringe, laringe, tráquea, bronquios y bronquiolos.
El aparato circulatorio regula la circulación sanguínea, cuyo objeto es llevar, a través de un curso regular, los elementos nutritivos y el oxígeno a las células de todo nuestro organismo, recogiendo los productos de desecho. Para ello, la sangre discurre por dos circuitos: el venoso, que transporta la sangre a los pulmones para que se desprenda del anhídrido carbónico; y el arterial, que se ocupa de distribuir por todo el cuerpo la sangre que se ha purificado en los pulmones. La bomba impulsora de la circulación sanguínea es el corazón, situado entre los dos pulmones, con el vértice dispuesto hacia abajo y ligeramente inclinado hacia el lado izquierdo. El músculo cardiaco se llama miocardio, y la membrana que lo envuelve, pericardio. El corazón, con unos 60 a 80 latidos por minuto, impulsa a través de él de 3 a 8 litros de sangre. Está dividido por un tabique vertical que incomu nica su mitad izquierda con su mitad derecha; a su vez cada una de las dos mitades se divide, ahora horizontalmente, en una cavidad superior llamada aurícula, y en otra inferior que se llama ventrículo. La mitad vertical derecha contiene sangre venosa, y la izquierda sangre arterial. Las válvulas son las encargadas de que la sangre no retroceda nunca. Las arterias tienen una determinada presión, conocida como presión arterial, la cual obliga a la sangre que discurre por las mismas a buscar salida hacia las venas, a través de los capilares, diminutos vasos que forman una tupida red, cuya misión es la de conectar las arteriolas, o ramificaciones finales de las arterias, con las vénulas, o ramificaciones finales de las venas. Las paredes de estos capilares (venosos o arteriales, indistintamente) son tan delgadas que resultan permeables a los gases, por lo que permiten a los tejidos beneficiarse del oxígeno que transporta la sangre arterial, así como depositar en la venosa el anhídrido de carbono y productos de desecho.

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