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HIPERTRICOSIS, ICTIOSIS, MICOSIS y MILIUM


HIPERTRICOSIS

Esta denominación (tan poco usada en el lenguaje corriente) encubre una anormalidad bastante frecuente y que, sin revestir gravedad alguna, resulta francamente molesta para la mujer que la sufre. Se trata de la aparición exagerada de vello en distintas partes del cuerpo, incluso el rostro. En capítulo aparte detallaremos las sencillas y distintas soluciones que tiene actualmente este problema. Solamente en casos muy extremos es preciso consultar con un doctor, por si ello fuera consecuencia de algún desequilibrio hormonal.

ICTIOSIS

Se trata de una resecación anormal de la piel, en la que se forman acumulaciones de tejido semejantes a escamas. También en este caso es el dermatólogo quien debe tratar la afección.

MICOSIS

Es una enfermedad parasitaria producida por hongos. Puede manifestarse en forma de manchas blanquecinas, irritaciones interdigitales (se las conoce como “pie de atleta”) o inflamaciones localizadas. El dermatólogo debe solucionar esta afección mediante el tratamiento adecuado a cada una de sus variantes.

MILIUM

Suele aparecer en los cutis asfixiados, formando unos granitos duros y blanquecinos. Debe su nombre a la semejanza que tienen estos granitos con las semillas de mijo. Pueden agruparse por zonas, especialmente en los pómulos y alrededor de los ojos, o bien esparcidos por todo el rostro. El problema desaparece al normalizar la respiración cutánea. Lo que no debemos hacer nunca es intentar desalojarlos por nuestra cuenta, ya que presionándolos no logramos nada, y, caso de pincharlos, obtendremos probablemente el “premio” de una posterior infección de la zona.

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Tejido adiposo


Finalmente, el tejido adiposo (ese que tanto debemos vigilar, velando por nuestra esbeltez) es otra variedad del tejido conjuntivo, y sus células, de forma redondeada y provistas de una gota de grasa, se llaman adipoblastos.
Hemos repasado ya los principales tejidos; recordemos ahora que un conjunto de tejidos que tienen la misma misión constituye un órgano, y que un conjunto de órganos agrupados por sus funciones forma un aparato o un sistema.
Asomándonos tímidamente al interior de ese cuerpo que, con sus aparatos en “reposo” acabamos de esquematizar, démosle simbólicamente cuerda, y repasaremos de una manera fugaz los más elementales rudimentos de fisiología de nuestros más o menos lejanos años escolares.
El aparato respiratorio aporta oxígeno al organismo, y elimina anhídrido carbónico. Estos dos movimientos de absorción y eliminación reciben el nombre de inspiración y espiración, y su resultado es la ya comentada transformación de sangre venosa en arterial. Los órganos esenciales de la respiración son los pulmones, la boca, fosas nasales, faringe, laringe, tráquea, bronquios y bronquiolos.
El aparato circulatorio regula la circulación sanguínea, cuyo objeto es llevar, a través de un curso regular, los elementos nutritivos y el oxígeno a las células de todo nuestro organismo, recogiendo los productos de desecho. Para ello, la sangre discurre por dos circuitos: el venoso, que transporta la sangre a los pulmones para que se desprenda del anhídrido carbónico; y el arterial, que se ocupa de distribuir por todo el cuerpo la sangre que se ha purificado en los pulmones. La bomba impulsora de la circulación sanguínea es el corazón, situado entre los dos pulmones, con el vértice dispuesto hacia abajo y ligeramente inclinado hacia el lado izquierdo. El músculo cardiaco se llama miocardio, y la membrana que lo envuelve, pericardio. El corazón, con unos 60 a 80 latidos por minuto, impulsa a través de él de 3 a 8 litros de sangre. Está dividido por un tabique vertical que incomu nica su mitad izquierda con su mitad derecha; a su vez cada una de las dos mitades se divide, ahora horizontalmente, en una cavidad superior llamada aurícula, y en otra inferior que se llama ventrículo. La mitad vertical derecha contiene sangre venosa, y la izquierda sangre arterial. Las válvulas son las encargadas de que la sangre no retroceda nunca. Las arterias tienen una determinada presión, conocida como presión arterial, la cual obliga a la sangre que discurre por las mismas a buscar salida hacia las venas, a través de los capilares, diminutos vasos que forman una tupida red, cuya misión es la de conectar las arteriolas, o ramificaciones finales de las arterias, con las vénulas, o ramificaciones finales de las venas. Las paredes de estos capilares (venosos o arteriales, indistintamente) son tan delgadas que resultan permeables a los gases, por lo que permiten a los tejidos beneficiarse del oxígeno que transporta la sangre arterial, así como depositar en la venosa el anhídrido de carbono y productos de desecho.

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