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Protegiendo el cutis


Existe una divergencia de criterios al respecto, sobre la que nos parece oportuno detenernos brevemente. En cuanto la opinión de que la crema tratante no debe “llevarse” toda la noche, porque, aparte de que confiere un antiestético aspecto lustroso, entorpece el normal proceso de respiración cutánea. Esto es muy discutible en la actualidad. Nos consta la calidad de los vehículos de tales cremas. Por consiguiente, si la sustancia encargada de facilitar la penetración cumple su cometido, el producto es absorbido en pocos minutos (25 o 30 como máximo), y sus elementos activos llegan hasta la profundidad de la epidermis, en donde van siendo asimilados gracias al metabolismo celular de la capa germinativa.
Partiendo de estas determinantes, lo único que puede obstaculizar la respiración transcutánea es un exceso de producto que por saturación permanezca en la superficie a modo de remanente. Y esto tiene dos sencillas soluciones:
a) No aplicar excesiva cantidad de crema (con pocos ensayos llegaremos a saber calcular con un mínimo de error la que cada cutis asimila, sin “sobrantes”).
b) Volver a tonificar el rostro media hora después de aplicada la crema, en la forma que hemos indicado al hablar de los tónicos.
Procediendo así, nos acostaremos con el rostro limpio, sin brillo alguno, y el producto tratante realizará su tarea embellecedora con toda eficacia, puesto que durante el sueño nuestros músculos faciales permanecen en relax. Si, a pesar de estas consideraciones, no le fuera pre queda el recurso de hacerlo por la mañana, después de haber utilizado el producto limpiador y el tónico, pero antes (bastante antes, desde luego) de la base.

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Cremas de tratamiento


En cuanto a las cremas de tratamiento, escogeremos siempre aquellas de acción reguladora de las secreciones, que contengan, además, algún factor antiséptico.
Como ya hemos advertido, algunas pieles grasas pueden también ser sensibles. Siempre que nos hallemos ante un cutis que presente estas dos facetas procuraremos obrar con cautela, buscando el producto de formulación más suave. No olvidemos que la respuesta de una epidermis grasa y frágil a la vez, ante un tratamiento excesivamente fuerte, suele ser un incremento de su producción sebácea, además de la subsiguiente irritación, que en nada la beneficia ni embellece.
Hasta el momento, los tratamientos de profundidad que hemos comentado se han basado siempre en cremas. Más concretamente en las que en términos generales se ha dado en llamar “cremas de noche”. Tal denominación parte de la base de que las referidas cremas suelen emplearse después de hecha la limpieza nocturna con el desmaquillante y tónico adecuados.

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PSORIASIS, PUNTO RUBÍ y SEBORREA


PSORIASIS

Se caracteriza por la aparición de placas más o menos amplias, formadas por lesiones granulosas, sobre las que aparece una costra que posteriormente se descama, sin que llegue a cicatrizar. Puede localizarse en diversas partes del cuerpo, pero es más frecuente en las piernas y en el rostro. Tiene periodos de remisión, pero son frecuentes nuevos brotes en quien la ha sufrido una vez. La dermatología, tan avanzada actualmente, puede hacer mucho para solucionar esta enfermedad.

PUNTO RUBÍ

Su nombre lo describe muy gráficamente. Es como un lunar que se hubiera coloreado de rojo brillante. Se debe a un pequeño accidente circulatorio de un vaso capilar que se ha “estrangulado”. Son generalmente del tamaño de una cabeza de alfiler, y pueden aparecer en diversas partes del cuerpo. Solamente si su presencia nos resulta particularmente molesta, o si observamos que aumenta de tamaño o cambia de color, debemos acudir al dermatólogo. No es aconsejable en absoluto ninguna manipulación casera.

SEBORREA

Es la determinante típica de los cutis grasos, cuando las glándulas sebáceas segregan excesivamente, con peligro incluso de hipertrofiarse. Si se presenta en forma oleosa es de fácil reconocimiento; pero existe una variante: la llamada seborrea seca, en la cual la grasa se endurece y forma unas laminillas amarillentas que pueden confundirse con determinantes de otras anomalías epidérmicas. Salvo en casos extremos, en los que podría ser síntoma de una disfunción hepática u hormonal, basta con cuidar debidamente la piel para atenuar un defecto que, paradójicamente en este caso, es exceso.

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Anatomía y fisiología de la mujer


Un rostro, un cuerpo, no son casi nunca anatómica ni fisiológicamente perfectos; pero si quien los posee es conocedor de sus defectos y no ignora tampoco sus facetas positivas, ya se halla en el camino apropiado para paliar aquéllos y sacar el máximo partido de éstas. Si se preocupa de cuidar su piel, vigilar la esbeltez de su figura y adoptar un maquillaje y un peinado adecuados, sólo le restará añadir a estas atenciones externas la justa dosis de encanto interior, para acercarse mucho a la plasmación viviente de la idea anteriormente comentada. No es, pues, utópica la afirmación de que actualmente todas podemos alcanzar esta armonía que nos hará sentirnos seguras de nosotras. Hoy en día, la mayoría de las anomalías pueden paliarse, muchas inestesías tienen remedio, y ya no es imposible corregir aquella imperfección que en determinado momento había llegado a obsesionarnos.
¿Qué ha ocurrido? Pues, sencillamente, que lo que antaño era un simple y poco definido oficio, servido más por la afición y el empirismo que por unos estudios debidamente canalizados, hoy ha logrado categoría de verdadera ciencia. Los productos de cosmética, los aparatos para la estética, y los grandes —y no tan grandes— institutos de belleza, están en la actualidad dirigidos por auténticos científicos. Eminentes dermatólogos, cirujanos, químicos y biólogos, dedican sus conocimientos a dignificar esta relativamente nueva (y si no del todo nueva, remozada cuando menos) profesión, a la que se ha denominado de un modo genérico Estética. La (o el) esteticista es ahora una persona con seria preparación teórica y práctica y de probada competencia, que solamente tiene en común, con sus antecesores en el tiempo, la elevada dosis de dedicación y entusiasmo que el ejercicio de este trabajo exige desde sus iniciales balbuceos.
Al planificar esta obra, no hemos pretendido imprimirle un sentido meramente didáctico. Tampoco queremos presentar la idea, falsa en nuestros días, de que tras su lectura, cualquier mujer puede convertirse en su propia esteticista. El cometido de esta profesional no puede sustituirse a base de algunas orientaciones, por bien canalizadas que las mismas estén. Por otra parte, la mujer actual, la dinámica, culta y realizada mujer de ahora, no dispone de tiempo para someterse a laboriosos cuidados de belleza en su domicilio, en el que, salvo contadas excepciones, no suele permanecer mucho tiempo. La idea de esta obra podría calificarse de aclaratoria. Pensamos que, con nuestra experiencia en la materia, podemos orientar a la mujer en todo (o casi todo) cuanto a su embellecimiento se refiere, pero solamente eso: orientarla. Resultaría pueril a estas alturas aconsejar laboriosos tratamientos caseros, desfasados ya y ¿por qué no decirlo?, en su inmensa mayoría, más “divertidos” que eficaces.

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