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Protector del cutis


Piel grasa no es sinónimo obligado de piel resistente. Ciertamente suelen ser tegumentos más bien “fuertes”, pero es arriesgado partir de este supuesto, no siempre real, a la hora de buscar el tratamiento adecuado para esta clase de cutis. La determinante principal de una epidermis grasa es una exagerada secreción de las glándulas sebáceas. Esto es lo que casi todos sabemos. Lo que ya no resulta tan conocido es que a esta hipersecreción hay que añadir en algunos casos un desequilibrio cualitativo de la producción de sebo.
Acude a este respecto a nuestra memoria una interesante conversación sostenida con el director técnico de unos importantes laboratorios de Cosmética. A través de sus documentadas palabras nos enteramos de que existen dos clases de grasa epidérmica: la llamada hidrófila, que es la que se emulsiona con el sudor, constituyendo el manto protector del cutis; y otra, a la que se la conoce como lipófila, que no se combina con la secreción sudoral, por lo que —cuando su producción es exagerada— permanece sobre la piel, dándole ese aspecto lustroso, antiestético, que constituye la desesperación de las personas con cutis seborreico.
Así mismo se deduce de esto el porqué existen pieles grasas deshidratadas, que son las que, además de brillo aceitoso, presentan descamación. Lógicamente el sudor  al no conseguir emulsionarse con el sebo, se evapora más rápidamente, y las células muertas de la capa córnea se desprenden con excesiva rapidez. Por esto decíamos al principio que el equilibrio graso de la piel viene determinado por la cantidad y calidad de las secreciones de unas glanduhtas que parecen insigniñeantes, pero que tanta “guerra” pueden darnos, si no funcionan como es debido.

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PSORIASIS, PUNTO RUBÍ y SEBORREA


PSORIASIS

Se caracteriza por la aparición de placas más o menos amplias, formadas por lesiones granulosas, sobre las que aparece una costra que posteriormente se descama, sin que llegue a cicatrizar. Puede localizarse en diversas partes del cuerpo, pero es más frecuente en las piernas y en el rostro. Tiene periodos de remisión, pero son frecuentes nuevos brotes en quien la ha sufrido una vez. La dermatología, tan avanzada actualmente, puede hacer mucho para solucionar esta enfermedad.

PUNTO RUBÍ

Su nombre lo describe muy gráficamente. Es como un lunar que se hubiera coloreado de rojo brillante. Se debe a un pequeño accidente circulatorio de un vaso capilar que se ha “estrangulado”. Son generalmente del tamaño de una cabeza de alfiler, y pueden aparecer en diversas partes del cuerpo. Solamente si su presencia nos resulta particularmente molesta, o si observamos que aumenta de tamaño o cambia de color, debemos acudir al dermatólogo. No es aconsejable en absoluto ninguna manipulación casera.

SEBORREA

Es la determinante típica de los cutis grasos, cuando las glándulas sebáceas segregan excesivamente, con peligro incluso de hipertrofiarse. Si se presenta en forma oleosa es de fácil reconocimiento; pero existe una variante: la llamada seborrea seca, en la cual la grasa se endurece y forma unas laminillas amarillentas que pueden confundirse con determinantes de otras anomalías epidérmicas. Salvo en casos extremos, en los que podría ser síntoma de una disfunción hepática u hormonal, basta con cuidar debidamente la piel para atenuar un defecto que, paradójicamente en este caso, es exceso.

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Anatomía y fisiología de la mujer


Un rostro, un cuerpo, no son casi nunca anatómica ni fisiológicamente perfectos; pero si quien los posee es conocedor de sus defectos y no ignora tampoco sus facetas positivas, ya se halla en el camino apropiado para paliar aquéllos y sacar el máximo partido de éstas. Si se preocupa de cuidar su piel, vigilar la esbeltez de su figura y adoptar un maquillaje y un peinado adecuados, sólo le restará añadir a estas atenciones externas la justa dosis de encanto interior, para acercarse mucho a la plasmación viviente de la idea anteriormente comentada. No es, pues, utópica la afirmación de que actualmente todas podemos alcanzar esta armonía que nos hará sentirnos seguras de nosotras. Hoy en día, la mayoría de las anomalías pueden paliarse, muchas inestesías tienen remedio, y ya no es imposible corregir aquella imperfección que en determinado momento había llegado a obsesionarnos.
¿Qué ha ocurrido? Pues, sencillamente, que lo que antaño era un simple y poco definido oficio, servido más por la afición y el empirismo que por unos estudios debidamente canalizados, hoy ha logrado categoría de verdadera ciencia. Los productos de cosmética, los aparatos para la estética, y los grandes —y no tan grandes— institutos de belleza, están en la actualidad dirigidos por auténticos científicos. Eminentes dermatólogos, cirujanos, químicos y biólogos, dedican sus conocimientos a dignificar esta relativamente nueva (y si no del todo nueva, remozada cuando menos) profesión, a la que se ha denominado de un modo genérico Estética. La (o el) esteticista es ahora una persona con seria preparación teórica y práctica y de probada competencia, que solamente tiene en común, con sus antecesores en el tiempo, la elevada dosis de dedicación y entusiasmo que el ejercicio de este trabajo exige desde sus iniciales balbuceos.
Al planificar esta obra, no hemos pretendido imprimirle un sentido meramente didáctico. Tampoco queremos presentar la idea, falsa en nuestros días, de que tras su lectura, cualquier mujer puede convertirse en su propia esteticista. El cometido de esta profesional no puede sustituirse a base de algunas orientaciones, por bien canalizadas que las mismas estén. Por otra parte, la mujer actual, la dinámica, culta y realizada mujer de ahora, no dispone de tiempo para someterse a laboriosos cuidados de belleza en su domicilio, en el que, salvo contadas excepciones, no suele permanecer mucho tiempo. La idea de esta obra podría calificarse de aclaratoria. Pensamos que, con nuestra experiencia en la materia, podemos orientar a la mujer en todo (o casi todo) cuanto a su embellecimiento se refiere, pero solamente eso: orientarla. Resultaría pueril a estas alturas aconsejar laboriosos tratamientos caseros, desfasados ya y ¿por qué no decirlo?, en su inmensa mayoría, más “divertidos” que eficaces.

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