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Consideración final de los tratamientos faciales


Los tratamientos faciales que hasta aquí hemos esbozado no son más que esto: un esbozo de lo mucho que puede hacer por nuestro buen aspecto un instituto de belleza. Sin triunfalismos engañosos podemos asegurar que, actualmente, la asistencia a estos centros se halla al alcance de todas las posibilidades crematísticas. Sólo es cuestión de elegir con objetividad el que pueda interesarnos, puesto que si bien hay algunos cuyos precios resultan algo elevados debido al lujo con que están instalados, también existen otros con un montaje mucho más funcional, lo que les permiten estabecer tarifas razonables.
Mientras no exista una razón lógica que aconseje el cambio, es mejor acudir siempre al mismo instituto de belleza. La profesional que nos atiende el primer día debe proceder a un examen general de nuestras características faciales. En las sesiones posteriores constatará la evolución experimentada, de acuerdo con el tratamiento seguido y los productos y técnicas aplicados. Todo ello consta en una ficha que la esteticista consulta cada vez que vuelve a atendernos. En esta ficha se anotan también el producto limpiador, tónico, protector, etc., que usamos en casa, así como los productos de maquillaje que nos han aconsejado y las correcciones que precisamos para resaltar nuestro particular tipo de belleza. Es evidente, pues, que el centro que posea nuestro completo “historial estético”, puede actuar con mayor eficacia que aquel que ha de ir tanteando nuestras reacciones individuales.
Y no dudemos en consultar, aunque sea por teléfono, cualquier duda que surja al ir a emplear un nuevo producto, así como la eventual reacción inesperada que observemos en nuestra piel en un momento dado. La misma esteticista será la primera que nos lo agradecerá, porque cuantos más datos conozca sobre nuestro caso mejor podrá realizar su labor, cuyos resultados serán tanto más eficaces y duraderos cuanta mayor confianza depositemos en su honradez profesional, calidad humana y deseo de servicio.

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Uso del tónico


Para ello, humedeceremos con el tónico un cuadradito de algodón, y lo pasaremos por el rostro y el cuello, siempre en sentido ascendente y hacia fuera. Nunca aplicaremos tónico en los labios. En cuanto al área que rodea los ojos, solamente se tonificará cuando la loción carezca por completo de alcohol y cualquier elemento astringente. Esta operación la dividiremos en dos tiempos. Primero actuaremos en las direcciones indicadas, con movimientos de suave arrastre, a fin de desalojar de la profundidad de los poros la porción de producto limpiador que hubiera podido quedar depositado en ellos. El segundo “pase” será a base de ligeras pero firmes presiones, que contribuirán a la acción estimulante del tónico. Salvo en casos de “verdadera prisa”, es preferible dejar que el producto se seque por sí solo.
Como hemos visto, el tónico es imprescindible para la consecución de una eficaz limpieza facial. Pero no se limita aquí su labor. Nos atrevemos a decir, sin miedo a exagerar, que es uno de los productos cosméticos que más campo de aplicación puede ofrecer. Cuando comentemos los principales tratamientos profesionales que se realizan en los institutos de belleza, podremos advertir que también se usa el tónico durante la realización de los mismos.

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CUIDADOS FACIALES LIMPIEZA


Gracias a la seriedad de los laboratorios de cosmética, contamos hoy en día con fórmulas de verdadera eficacia. Pero, precisamente por esto, debemos elegirlas con el mayor cuidado, puesto que su elaboración ha sido estudiada para un determinado tipo de cutis (loque no sucedía hace unos años, cuando existían preparados seudomaravillosos, que servían para “todo”…). Hemos pues de asegurarnos previamente si un determinado producto es o no apropiado para nuestro caso particular.
A la limpieza facial cotidiana se la conoce también como desmaquillado. Sí bien aceptaremos el término como válido, es conveniente que lo hagamos comprendiendo que no es del todo descriptivo, puesto que no refleja fielmente la finalidad de la misma y puede inducir al error que hace poco hemos aludido, al hablar de la necesidad de limpieza que tienen todas las pieles, tanto si se maquillan como si no.
Hecha esta salvedad, diremos que el desmaquillado debe subdividirse en tres etapas: desmaquillado de ojos, de labios, y de rostro y cuello en general.
Las dos primeras son precisas únicamente por la noche, en el caso de que se hayan usado productos decorativos propiamente dichos. Para este desmaquillado existen preparados especiales, casi siempre ambivalentes, que es preciso usar independientemente de los empleados para la limpieza de la cara y el cuello.
El área ocular y las semimucosas labiales son zonas muy delicadas y requieren un producto suave y de pH neutro. Existen algunos, muy pocos en realidad, que, precisamente por esta última particularidad, pueden emplearse para la limpieza de las tres zonas indistintamente. Pero aun así hay que proceder por el orden establecido. De lo contrario se mezclarían las sombras de párpados, el delineador, la máscara de pestañas y el rojo de los labios con el resto del maquillaje facial, dando como resultado una mezcolanza antiestética, perjudicial y muv difícil de retirar.

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Cutís graso


Más corriente en la juventud, pueden tenerlo también algunas personas que ya la dejaron atrás. Es de fácil reconocimiento por su aspecto oleoso, debido a la exagerada producción de aceites por parte de las glándulas sebáceas. Presenta poros dilatados, que le confieren el clásico parecido con la piel de una naranja, y puntos negros, especialmente presentes en nariz y barbilla, y que con frecuencia se infectan, formando espinillas que si proliferan demasiado pueden transformarse en acné. Esto es debido a que su pH tiende a la alcalinidad y carece de la adecuada defensa acida. Podría parecer que quienes tienen esta piel gozan de una especie de seguro de juventud, ya que el sebo que la recubre ha de impedir la formación de arrugas; pero ésta es una opinión muy discutible. En principio cabe la posibilidad de que retarde en algo la aparición de las arrugas puramente superficiales. Pero no ocurre esto con los verdaderos surcos de vejez, que dependen de la elasticidad de la dermis y que, contrariamente a una opinión bastante generalizada, es en estos cutis donde más se detectan, puesto que la textura de los mismos es gruesa, basta y, consiguientemente “pesada”.

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