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La epidermis


Es el estrato más externo de la piel, constituido por tejido epitelial. Carece de vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas (esto lo hemos comprobado todas cuando al coser, por ejemplo, o jugando “a ser valientes” en nuestra infancia, nos hemos levantado una minúscula porción de piel con un alfiler, sin experimentar dolor ni derramar una sola gota de sangre), y se subdivide en cinco capas de células que son en realidad variaciones evolutivas de las que han nacido en la capa más profunda, llamada generatriz o basilar. Esta se encuentra situada inmediatamente encima de la dermis, con la cual enlaza por unos entrantes y salientes, a modo de cordillera, que se conocen con el nombre de papilas o crestas dérmicas. Las células déla capa generatriz se reproducen continuamente y son empujadas hacia el exterior, formando el “segundo piso” de la epidermis: la capa de Malpighi o cuerpo mucoso, en el que ya se distinguen vestigios de una sustancia llamada melanina, determinante, no solamente de la coloración de la persona (morena, rubia, castaña…) si no también de la raza (los negros, por ejemplo, tienen los melanocitos o células portadoras de la melanina mucho mayores y más activos que los individuos de raza blanca). Sigue la capa granulosa, formada por células epidérmicas que ya empiezan a perder la vitalidad juvenil de que gozaron en sus anteriores fases. Viene luego la capa trasparente o traslúcida, llamada así porque sus células presentan esta particularidad. Finalmente nos encontramos con la capa córnea, en la parte más exterior de la epidermis, formada por células a las que se ha dado en llamar muertas porque en realidad carecen ya de toda actividad vital. Estas son empujadas continuamente por las que se reproducen en los mantos más profundos de la epidermis, y se desprenden en forma de polvo o pequeñísimas escamillas. La capa córnea es un medio muy importante de protección corporal, puesto que en las zonas expuestas a mayor presión o roce continuado desarrolla un mayor espesor, como ocurre por ejemplo en las manos de los obreros, plantas de los pies, etc. De no desarrollarse este más acusado engrosamiento (que no es otra cosa que lo que todas ya conocemos con el corriente y prosaico nombre de callo) se verían afectadas estas zonas por una molesta ampolla y su más dolorosa transformación en llaga, cosa que solamente ocurre cuando la fricción es tan brusca que no da tiempo a la capa córnea para efectuar su lenta, pero eficaz labor defensora.

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