Anatomía y fisiología Archive

Tejido adiposo


Finalmente, el tejido adiposo (ese que tanto debemos vigilar, velando por nuestra esbeltez) es otra variedad del tejido conjuntivo, y sus células, de forma redondeada y provistas de una gota de grasa, se llaman adipoblastos.
Hemos repasado ya los principales tejidos; recordemos ahora que un conjunto de tejidos que tienen la misma misión constituye un órgano, y que un conjunto de órganos agrupados por sus funciones forma un aparato o un sistema.
Asomándonos tímidamente al interior de ese cuerpo que, con sus aparatos en “reposo” acabamos de esquematizar, démosle simbólicamente cuerda, y repasaremos de una manera fugaz los más elementales rudimentos de fisiología de nuestros más o menos lejanos años escolares.
El aparato respiratorio aporta oxígeno al organismo, y elimina anhídrido carbónico. Estos dos movimientos de absorción y eliminación reciben el nombre de inspiración y espiración, y su resultado es la ya comentada transformación de sangre venosa en arterial. Los órganos esenciales de la respiración son los pulmones, la boca, fosas nasales, faringe, laringe, tráquea, bronquios y bronquiolos.
El aparato circulatorio regula la circulación sanguínea, cuyo objeto es llevar, a través de un curso regular, los elementos nutritivos y el oxígeno a las células de todo nuestro organismo, recogiendo los productos de desecho. Para ello, la sangre discurre por dos circuitos: el venoso, que transporta la sangre a los pulmones para que se desprenda del anhídrido carbónico; y el arterial, que se ocupa de distribuir por todo el cuerpo la sangre que se ha purificado en los pulmones. La bomba impulsora de la circulación sanguínea es el corazón, situado entre los dos pulmones, con el vértice dispuesto hacia abajo y ligeramente inclinado hacia el lado izquierdo. El músculo cardiaco se llama miocardio, y la membrana que lo envuelve, pericardio. El corazón, con unos 60 a 80 latidos por minuto, impulsa a través de él de 3 a 8 litros de sangre. Está dividido por un tabique vertical que incomu nica su mitad izquierda con su mitad derecha; a su vez cada una de las dos mitades se divide, ahora horizontalmente, en una cavidad superior llamada aurícula, y en otra inferior que se llama ventrículo. La mitad vertical derecha contiene sangre venosa, y la izquierda sangre arterial. Las válvulas son las encargadas de que la sangre no retroceda nunca. Las arterias tienen una determinada presión, conocida como presión arterial, la cual obliga a la sangre que discurre por las mismas a buscar salida hacia las venas, a través de los capilares, diminutos vasos que forman una tupida red, cuya misión es la de conectar las arteriolas, o ramificaciones finales de las arterias, con las vénulas, o ramificaciones finales de las venas. Las paredes de estos capilares (venosos o arteriales, indistintamente) son tan delgadas que resultan permeables a los gases, por lo que permiten a los tejidos beneficiarse del oxígeno que transporta la sangre arterial, así como depositar en la venosa el anhídrido de carbono y productos de desecho.

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Tejido muscular


Los músculos están formados por tejido muscular. Su función es la del movimiento, que puede ser voluntario, si su fibra es estriada, o involuntario, cuando lo constituyen fibras lisas que obedecen al sistema nervioso vegetativo. Existe una excepción (como en casi todas las reglas): el corazón, único músculo de fibra estriada, cuyo funcionamiento no depende de nuestra voluntad… lo cual no deja de ser una lástima, ¿no?
El tejido conjuntivo sirve de sostén, de unión entre los órganos, por lo que puede hallarse en muchas zonas del cuerpo. Constituye una parte muy importante de la piel… pero ya nos ocuparemos en su momento de analizarlo con más atención.
Al tejido óseo se le podría considerar como una variedad del tejido conjuntivo. Forma las piezas del esqueleto, verdadero bastidor del organismo.
Los nervios son una especie de cordones que transmiten los impulsos y las sensaciones, regulan todos los órganos corporales, y la sustancia que los forma se llama tejido nervioso.
El tejido sanguíneo es fluido, constituye la sangre y posee un color rojo vivo en las arterias (color debido al oxígeno que toma de los pulmones), y más oscuro y azulado en las venas, debido a la presencia de anhídrido carbónico. La sangre está compuesta por un líquido incoloro, llamado plasma, en el que flotan tres clases de corpúsculos: los hematíes o glóbulos rojos, que tienen la misión de transportar el oxígeno y principios nutritivos por todo el organismo; los leucocitos o glóbulos blancos, cuya misión general es la de luchar contra los microbios y las toxinas; y las plaquetas, que contribuyen a la coagulación, impidiendo, por tanto, las hemorragias. Una persona de buena salud suele tener, por milímetro cúbico de sangre, 5 000000 de hematíes, de 5000 a 6000 leucocitos y alrededor de 250000 plaquetas. La materia colorante de los hematíes se llama hemoglobina y sirve para transportar el oxígeno del aire (que, como ya hemos dicho, recoge en los pulmones). La sangre, fuera del cuerpo, se coagula en pocos minutos; al líquido amarillento que se forma en la superficie del coágulo se le llama suero.

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NOCIONES DE ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA


Ahora bien, como la belleza es una necesidad, la mujer actual ha de conocer sus cánones, sus bases y, sobre todo, sus “porqués”. Solamente en posesión de estos conocimientos fundamentales sabrá cómo, dónde y cuándo ha de realizar lo preciso para alcanzar esta meta. Si logramos encauzarla acertadamente en este sentido, habremos cumplido nuestro propósito.
¿Quién no ha estudiado durante su época escolar unas nociones, más o menos esquematizadas, de anatomía y fisiología humanas? Pensamos que todas…, pero ¿las recordamos fielmente en la actualidad? Esto es ya más discutible, ¿verdad?; se trata de un tema árido para la mayoría, y es fácil que con el paso del tiempo haya caído en el olvido. Vamos, pues, a darle un ligero repaso, a título de curiosidad, y también porque es bueno que, si nos disponemos a cuidar estéticamente nuestro cuerpo, tengamos presentes sus particularidades morfológicas y funcionales más destacadas:
Anatomía es la ciencia que estudia la estructura de los diferentes órganos del cuerpo humano en estado inerte; cuando nos ocupamos del cometido de estos órganos en función de la misión que cada uno de ellos tiene destinada, nos adentramos ya en el campo de la fisiología.
Los pulmones, el estómago, el corazón, los ríñones, etc., son órganos de nuestra anatomía, los cuales están formados, a su vez, por un conjunto de tejidos que cumplen una misión similar y que están constituidos por otra agrupación: la de las células. Llegamos así al elemento fundamental común de todos los seres vivientes.
La célula, a pesar de ser el componente más simple de los tejidos organizados, es el más importante, y posee vida propia, lo que quiere decir que nace, crece, se nutre, se reproduce, y muere. El ser humano está formado por varios billones de células, de muy diferentes formas y con distintas funciones, según el tejido a que pertenecen. Podría detallarse muy ampliamente la cantidad de componentes de la misma, pero como este repaso lo hacemos solamente a título de curiosidad, será suficiente recordar que está constituida básicamente por una cubierta exterior, llamada membrana, la cual contiene una sustancia gelatinosa denominada citoplasma, que a su vez rodea a un corpúsculo central, el núcleo, eje fundamental de la vida celular. La ciencia que estudia las células y sus funciones se llama citología.
Vamos ahora a echar un vistazo a los principales tejidos humanos que, como ya hemos apuntado, vienen a ser como una agrupación de células de la misma clase:
El tejido epitelial está constituido por células en contacto directo; se trata de un tejido de revestimiento y lo podemos encontrar en los intestinos, en la epidermis (¡tan importante para nuestra belleza!…), en las glándulas, etcétera.

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Anatomía y fisiología de la mujer


Un rostro, un cuerpo, no son casi nunca anatómica ni fisiológicamente perfectos; pero si quien los posee es conocedor de sus defectos y no ignora tampoco sus facetas positivas, ya se halla en el camino apropiado para paliar aquéllos y sacar el máximo partido de éstas. Si se preocupa de cuidar su piel, vigilar la esbeltez de su figura y adoptar un maquillaje y un peinado adecuados, sólo le restará añadir a estas atenciones externas la justa dosis de encanto interior, para acercarse mucho a la plasmación viviente de la idea anteriormente comentada. No es, pues, utópica la afirmación de que actualmente todas podemos alcanzar esta armonía que nos hará sentirnos seguras de nosotras. Hoy en día, la mayoría de las anomalías pueden paliarse, muchas inestesías tienen remedio, y ya no es imposible corregir aquella imperfección que en determinado momento había llegado a obsesionarnos.
¿Qué ha ocurrido? Pues, sencillamente, que lo que antaño era un simple y poco definido oficio, servido más por la afición y el empirismo que por unos estudios debidamente canalizados, hoy ha logrado categoría de verdadera ciencia. Los productos de cosmética, los aparatos para la estética, y los grandes —y no tan grandes— institutos de belleza, están en la actualidad dirigidos por auténticos científicos. Eminentes dermatólogos, cirujanos, químicos y biólogos, dedican sus conocimientos a dignificar esta relativamente nueva (y si no del todo nueva, remozada cuando menos) profesión, a la que se ha denominado de un modo genérico Estética. La (o el) esteticista es ahora una persona con seria preparación teórica y práctica y de probada competencia, que solamente tiene en común, con sus antecesores en el tiempo, la elevada dosis de dedicación y entusiasmo que el ejercicio de este trabajo exige desde sus iniciales balbuceos.
Al planificar esta obra, no hemos pretendido imprimirle un sentido meramente didáctico. Tampoco queremos presentar la idea, falsa en nuestros días, de que tras su lectura, cualquier mujer puede convertirse en su propia esteticista. El cometido de esta profesional no puede sustituirse a base de algunas orientaciones, por bien canalizadas que las mismas estén. Por otra parte, la mujer actual, la dinámica, culta y realizada mujer de ahora, no dispone de tiempo para someterse a laboriosos cuidados de belleza en su domicilio, en el que, salvo contadas excepciones, no suele permanecer mucho tiempo. La idea de esta obra podría calificarse de aclaratoria. Pensamos que, con nuestra experiencia en la materia, podemos orientar a la mujer en todo (o casi todo) cuanto a su embellecimiento se refiere, pero solamente eso: orientarla. Resultaría pueril a estas alturas aconsejar laboriosos tratamientos caseros, desfasados ya y ¿por qué no decirlo?, en su inmensa mayoría, más “divertidos” que eficaces.

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