Las glándulas sudoríparas
En la línea imaginaria que separa la hipodermis de la dermis existen una especie de ovillitos de microscópicas tuberías que, como si se fueran desenrollando, atraviesan ondulantes la dermis y la epidermis y desembocan al exterior por unas no menos microscópicas aberturas, que son los poros propiamente dichos. Nos estamos refiriendo, naturalmente, a las glándulas sudoríparas, que son las encargadas de elaborar este líquido tan “poco romántico” y sin embargo imprescindible fisiológica y también estéticamente (¡quién lo diría!), que es el sudor. En efecto, el sudor regula la temperatura del cuerpo, elimina toxinas y residuos celulares y, tal como hemos comentado anteriormente, forma en unión de la grasa expulsada al exterior por los orificios pilosebáceos el manto emulsionado del cutis. Cuando este manto está debidamente equilibrado, es decir, cuando la secreción sudoral y sebácea se produce a ritmo adecuado, determina una tan perfecta protección para la piel que, salvo complicaciones de orden patológico, le garantiza en un elevado tanto por ciento su radiante y saludable aspecto. Sin embargo, a fuer de sinceros, es preciso que aclaremos que esto no suele ocurrir con demasiada frecuencia. La secreción sudoral está controlada por el sistema nervioso autónomo, y las actuales condiciones de vida no son precisamente las más idóneas para su regular desenvolvimiento. Afortunadamente, la ciencia cosmética ha dado con el paliativo para cuando se presenta esta disfunción: las innumerables y cada día más objetivamente formuladas bases protectoras, de las que más adelante hablaremos con detalle. Existen dos clases de glándulas sudoríparas: las ecrinas, más pequeñas y numerosas, que se encuentran repartidas por la superficie del cuerpo y que elaboran un sudor fluido, acidó y normalmente inodoro (siendo además las que verdaderamente contribuyen a la belleza de la piel); y las apocrinas, que se hallan localizadas en determinadas regiones corporales (axilas y genitales, por ejemplo) y destilan un líquido turbio, de reacción alcalina, muy propenso a enranciarse. Este líquido es uno de los culpables de los desagradables “olores corporales”, no preocupantes ya en la actualidad, puesto que contra los mismos existen los eficaces desodorantes que, no olvidemos nunca esto, han de ir imprescindiblemente apoyados en los sólidos cimientos de una rigurosa limpieza.
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